Amor a primera vista

Y si, voy a hablar de la primera vez, que vi al amor de mi vida.

“Eran las siete de la noche, yo estaba con mi papá en su trabajo, cuando lo vi, y me quedé al instante prendada de él. En ese momento, no pude quedarme un solo momento +mas lejos de él y…”

Entonces ante una asamblea en plena revisión de contrato en 1992, yo, por primera vez en mi vida…

Me paré frente a un micrófono.

Para todos aquellos que pensaron “Chale esta vieja ya se va a poner de cursi” Medianamente acertaron, se trata de mi primera vez, frente a un micrófono. Es de esperarse, es una de las impresiones más grandes en mi vida, y hasta cierto punto, la culpable de el monstruo que soy. Pero bueno, mi papá para no perderse de su chamba-hobbie-pasión: representar a sus compañeros en la asamblea legislativa del Sindicato Mexicano de Electricistas, el famosísimo SME, me llevaba a su oficina, de hecho después de mi asquerosa fiesta de tres años –desde entonces he detestado las fiestas “familiares”, el recuerdo del SME es el segundo en mi atrofiada memoria.
Mi mamá trabajaba todo el día, y cómo es maestra, no le gusta y a mi menos estar en un horrendo salón de clases haciendo lo mismo que hacía en la escuela, siempre estuve celosa de sus alumnos –ahora los compadezco con toda el alma- por tener a mi madre. Pero ese no es el punto.

Cómo ahí, a pesar de que no había mucho espacio, mi papá se la jugaba llevando a su entonces única dictadora a su chamba, encerrarla en una oficina, con un montón de cosas para jugar (desde la clásica Barbie hasta la entonces más sofisticada computadora, pasando por el teléfono bajo el riesgo de la pequeña parlanchina se la pasará hablando con su abuela) o de plano cuando quería chismear entre cuatro escritorios, y una secretaria, quién adoraba a tan mimado espécimen humano.

Pues bien, corría el año de 1992, yo tenía seis añitos, llevaba a una cachorrita felina bajo el brazo –entonces Jazmín tenía tres meses a lo mucho, mi mascota- y ya dije era la revisión de contrato de cada dos años me parece. Bajamos al auditorio. Y obvio no pasa desapercibida una niña con vestidito rosa –siempre me vestían de rosita, y cómo lo odié, y lo seguiré odiando por los siglos de los siglos Amén- con un padre de la mano con barba tipo Santa Claus, y un gato, sin contar mochila, libros, y un teléfono descompuesto donado por alguien de mantenimiento para mi diversión durante mi estancia, o lo que es lo mismo, toda la semana. He de aceptarlo… ¡¡¡¡ERA UNA TERNURA ANDANTE!!! Yo por supuesto.

Entre burlas a mi padre, por ser mandilon, (el 75% de la plantilla “laboral” de ese lugar son hombres y bastante machistas, y el resto obvio mujeres, también) y apapachos para la pequeña por fin llegamos al auditorio, dónde semanas después ví mi primer concierto y tuve mi primer autógrafo * Futuro Post detectado*. Todo mundo saludándose, esperando a la mesa directiva, bla, bla, bla, bla. Y yo persiguiendo al “astronauta” (el tipo con un termo al hombre de tamaño descomunal con café, cierto, desde entonces comenzó mi adicción al café) en parte jugar, y en parte, quería cafecito. Entonces, ya con todos a bordo comenzó la larguísima sesión.

Cómo a las dos horas, ya me había trepado hasta el segundo piso del auditorio, brincado en la última fila, hartado al tipo del café, “cantado” no sé que canción de los Rollig Stones, arrancado un trozo de barba a mi padre, leído tres cuentos para bebés, comenzado a hojear la propuesta del contrato… A las cuatro horas, caí en brazos de Morfeo, y fui sacada bruscamente de ese sitio por el sonido de los aplausos, anunciando el final. Entonces, como desde siempre lo había hecho, dije a mi papá.

“¿Ahora si me van a dejar usar el micrófono?”

Y mi paciente padre dijo: “Déjame ver si te dejan beba” Así me decía, también tamal, o ya de plano hija de tu… abuela –técnicamente me crío mi abue y National Geographic-. Y entonces, como es de esperarse cumplió el caprichito de su hija, quién comenzaba a medio hablar decentemente.

Subí por la escalinata de madera, disfrute el aroma de la madera entremezclado, con hartos cigarros, polvo y no cuanta cosa más. Sentí el calor de los reflectores y me cegó el color amarillo de los mismos cuando voltee hacia arriba. Levanté mi mano, el micrófono estaba inalcanzable para una enana como yo en ese entonces –sigo estando enana mido 1.60- Lo quité del pedestal, lo encendí, lo golpee con un dedo, todo mundo volteo a verme y… maulle.

Si, cual gatito, obvio se rieron, yo sonreí y dije “Hola” le di al micrófono a no tengo la menor idea a quién, y bajé por el mismo lugar, mi papá me abrazó, me dio a mi gata, quién lloraba porque le aplastaban la pansa, y me llevó a comer birria a La Polar, antes claro dejamos a la minina en el auto. Un Chevy Nova 1972, al cual le juré amor eterno, de hecho, lo sigo amando.

En el momento, en qué tuve el micrófono por primera vez en mis manos, dije, que bonito, me gusto su textura, su peso, el color, y “hablar” frente a cerca de 2000 personas, fue un flash. En el fondo de mi nació un amor a ese objeto, amor a la fecha multiplicado, un cosquilleo en el estómago y mariposas en la mente… Así es como me siento cuando tengo uno nuevamente frente a mí.

Una semana después mi papí me compró un micrófono como para conducir eventos unos audífonos tipo locutor junto con su primer estéreo decente… Ese micrófono, increíblemente aun funciona y decora mi recamará: en un pedestal. Hice con el disque programas, presenté canciones, no hice comerciales, pero si le gritaba a través de el a mi papá para que me trajera mi comida.

Esa es la historia, de la primera vez que tuve frente a frente al amor de mi vida. El micrófono, el preludio de la radio en mis venas.

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