Un yunque cada vez más pesado

Y sigo sin querer hablar de lo mismo ahí les va otra cita…

-Qué barbaridad, mujer. ¿Me ves cara de hambre? Regresaba con unos juguetes para los niños y todos los encargos cumplidos. En la maleta, una maleta de viajante, llevaba un frasquito de laca, envuelto en dos pañuelos, ara que no le manchara nada. Traía también una amargura enterrada entre los recados, doblada apaciblemente con la ropa limpia, tan oculta que todos le comentaban lo bien que le sentaba visitar la ciudad. Y él callaba, asentía, sonreía y escondía aún más su pena.

Tampoco en aquella ocasión la compañía de Silvia Kodama había actuado en Duino.

No es que él la buscará. En los primeros años de su matrimonio, odiaba a Silvia Kodama con toda la fuerza que era capaz. Se sentía nervioso, se entristecía por cualquier cosa. Despertaba en mitad de la noche angustiado. Antonia lo notaba, y lo comentaba con la tata.

-¿Qué le pasaría en la guerra?

-Es mejor que no queramos saberlo

Su mujer suspiraba

-Lo que habrán tenido que presenciar estos hombres… (Sí usted era fan de WFM FrecuenciAdictiva 96.9 imagínelo, pobres hombres y mujeres desde luego)

Y se esforzaba por mostrarse solícita y cariñosa. Mimaba a Esteban, y aunque él lo demostraba poco, se lo agradecía. Antonia cocinaba siempre algo especial para él, porque era quisquilloso con la comida, y cuidaba de sus ropas como si fueran seres vivos. Incluso durante el embarazo de Carlos, en que caminaba a rastras por toda la casa con las piernas hinchadas y el mareo constante, se desvelaba porque todo estuviera al gusto de Esteban. Pero en aquella ocasión Esteban la miraba poco, y no se lo agradecía en lo absoluto.

Cuando Antonia murió y, unos días después del entierro, los hijos también se fueron, Esteban se sentó en su sillón, en el piso de Duino, y pensó en ella. Salvo la pastelería, no había poseído nada propio; ni siquiera una opinión. Era él quien se las dictaba. Hubiera debido hacerle más caso, haberse preocupado, al menos minímamente, por lo que ella deseaba. Le pesaban las medias que no le había comprado, las horquillas que ella echó de menos y que él se había negado a buscar en las tiendas.

Sintió que su entereza flaqueaba y se repuso. Al fin y al cabo, Antonia había sido feliz con aquella vida sumisa pero feliz, era lo que él había deseado. Después de abandonar a Silvia y a Rosa Kodama, se había jurado que jamás tendría nada con una mujer que supiera lo que quisiera. (¡QUE MAL!)

-Le conseguí la pastelería –pensaba-, le di los caprichos que quería. Logré que nos viniéramos a Duino, como ella deseó. Y le quité esas ínfulas de niña y la convertí en una mujer honrada y trabajadora.

Continuaba sentado en el sillón, paralizado

-Entonces, ¿qué es lo que me pasa?

Muchas mujeres no tuvieron tanta suerte. Recién casadas, o a punto de estarlo, la guerra cortó de cuajo las esperanzas. Las que sobrevivieron desarrollaron una piel dura como un cuerno. Como Rosa Kodama, regentaron un negocio sin escrúpulos ni dudas, o tiraron de sus hijos trabajando en lo que pudieron. Otras no resistieron la prueba: caminaban por las calles, enloquecidas, o marchaban a trabajar a otras ciudades, y a veces no regresaban ni se volvía a saber nada de ellas. Los niños quedaban al cuidado de los abuelos. Crecían flacos, con los ojos enormes y siempre hambrientos de atención, de cariño.

Eso era lo normal: que desaparecieran los padres en la guerra, que desaparecieran las madres, incapaces de soportar la presión. Los niños no desaparecían. Todo lo más, se largaba durante una tarde, en mitad de un travesura, y regresaban al anochecer, con hambre, sucios, un poco avergonzados. No se desvanecían en la nada y dejan atrás padres, hermanos, una tata, amigos invisibles que ya no tenían razón de existir. Eso no se hacía. No eran ésas las leyes.

Y Elsita no solía saltarse las leyes.

Eso quedaba para Carlos y Miguel.

Espido Freire

Melocotones helados

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