Otra vez…

Después de mis berrinches. Ahora se me ha metido en la cabeza poner, si, otra cita. Antes de poner algo verdaderamente interesante., ya lo dije al menos para mi.

Cuarto de hotel

Guillermo Samperio

A un cuarto de hotel se llega inexorablemente. Es obvio que en sitios extraños y distantes no se puede deambular por días y días; o no se tiene otra posada durante el viaje. Se llega al cuarto de hotel, sin más, sin elección, en una fatalidad que no reconocemos. Ese cuarto nos parece ajeno no porque no nos pertenezca, sino porque está en el tiempo antes que nosotros, nos preexiste; al llegar a la habitación, la descubrimos, nos era desconocida, aunque la hayamos elegido entre varias. Y entramos en algo que nos esperaba, que nos recibe, que tiene el don de tenernos dentro sin problema. Esta impresión a veces si es perceptible; como llevamos una serie de planes preestablecidos, y el cargamaletas no explica el funcionamiento de los aparatos, la sentimos pero no la reconocemos, no la reflexionamos. Entramos inexorablemente.

Dicha sensación, viva y oculta, desconocida, se despliega en forma de sutil desagrado hace la negación del cuarto y su tradicional desprestigio. Desde el momento en que el cargamletas nos abandona y cierra la puerta tras de sí, empezamos a estar no estando; y concluimos que estamos sin estar.

Aun cuando alguna vez pensamos sobre el asunto, con frecuencia vemos hacia otro lado y salta la negación del cuarto a través de la información de un espacio distinto: no una casa, no es un hogar. Y en verdad hay razón para ello. El hogar es hogar en un proceso del que somos partícipes y contemporáneos; existimos con él y al final nosotros somos también el hogar. Si las paredes y los techos nos preexisten, esa construcción habrá de convertirse en un hogar, en algo vestido por dentro por nosotros. El cuarto de hotel, en cambio, fue decorado a nuestras espaldas, sin nuestro concurso, con la idea siempre de imitar un hogar; sabemos de antemano que se trata de una simulación y no permitimos, por ningún motivo, que nos engañen. Pero entramos inexorablemente. Es más, si nunca lo hemos hecho, suponemos lo que nos espera, pues la cultura contra el cuarto de hotel es transmitida, enseñada, de ahí que se dificulte todavía más la reflexión sobre otros asuntos del mismo caso.

Como la habitación y lo que la viste nos resultan ajenos, y no podemos tomar conciencia nítida de su don de tenernos dentro a manera de cosa animada, todo nos resulta distante, extraño, desconfiamos. No sentimos identidad con los objetos, no son nosotros, los usamos no usándolos por muy práctico y de buen gusto que simulen ser. Tal extrañamiento nos afecta fuera de nuestro raciocinio, incluso poco a poco nos sentimos extraños más que sentir extraño al sitio, aunque no nos pase por la cabeza; para algunos tal sensación se profundiza ante el espejo y en las noches. No falta quien se crea observado a pesar de que se encuentre solo.

Es en los instantes de íntima relación con los espejos de hotel cuando estamos más cerca de experimentar el sentido de que somos otros, que somos los mismos y otros a un tiempo, esa dualidad de la que somos capaces, que nos habita; se desdobla y se hace notoria ante el espejo del cuarto de hotel. Quizá sea esta experiencia singular la que más nos incomode, la que más tendamos a rechazar naturalmente; sin embargo, de costumbre se queda entreabierta al rechazo, entrevista, brumosa, en claroscuro, pues en lo radical no podemos negar los ojos que nos miran, que son nuestros ojos; vemos no viendo, ignorando a otro que gesticula frente a nosotros. La percepción entreabierta va con nosotros, se despliega por el cuarto y en las acciones que allí realicemos.

Somos nosotros mismo y otros los que nos acostamos, bañamos, vestimos, lo que hablamos por teléfono, la dualidad inexorable, como si una parte de nosotros estuviese perteneciendo al cuarto que nos preexistía, como si el cuarto viviera a condición de usar esa parte que intenta desprenderse de nosotros, la que en pocas oportunidades se hace presente. Es lógico que una fuerza interior nuestra, también desconocida, busque oponerse a la apropiación que el cuarto de hotel pretende.

La mezcla más exaltada de las sensaciones hasta aquí esbozadas provoca con frecuencia la intranquilidad nocturna, pensamiento obsesivo o el insomnio. Son los instantes en que se presume que alguien puede entrar al cuarto –cuando ya está dentro o salió de nosotros- y que en esa misma cama ha dormido quién sabe cuánta gente extraña. Queremos llamar por teléfono a la ciudad de origen.

Cuando al fin llega el momento de regresar, si bien se ve, de un cuarto de hotel no nos vamos; lo abandonamos, lo dejas, huimos de él. Si se ve todavía mejor, en cierta medida huimos de nosotros mismos. El cuarto de hotel no se inmuta, no nos echa, no nos corre –aunque alguien lo llegué a suponer- ha; cumplido su misión múltiple y simuladora. Comenzará a preexistir para el siguiente inquilino.

Todas estas circunstancias sólo pueden atenuarse si la estancia se prolonga y a condición de simular nosotros un hogar también. Tendremos que acostumbramos a vivir con nosotros mismos, aceptar la dualidad dentro del cuarto y descansar de ella afuera, en las salidas. Sin embargo, la cultura de la negación no le hace justicia al cuarto de hotel ni a la persona que la ejerce.

En muy pocas ocasiones no es dado percibir nuestra dualidad –tan antigua- y cuando la tenemos, renegamos de ella, escapamos de nosotros con cierto miedo. No atinamos a darnos cuenta de que es la oportunidad, breve, de dialogar con nosotros mismos en soledad, en un territorio ajeno y distante; despreciarnos la acción de ensimismamiento por miedo a encontrarnos. No suponemos que al ensimismamiento nos permitiría reflexionar sobre asuntos que no imaginamos en el hogar, en el seguro hogar. Dejamos ir la opción de conocernos un poco más y mejor, de profundizar en el laberinto que nos lleva por la vida. Renegamos del conmigo mismo.

Podríamos salir modificados de un cuarto de hotel –aunque en pequeñas dimensiones-, pero hacemos la tornavuelta siendo los de costumbre, como si no hubiese pasado el tiempo, o más bien con una pérdida valiosa, lo que a final de cuentas salir disminuidos.

Si nos atrevemos a ver al otro lado que somos en el espejo, no sólo se abrirá el diálogo –por dificultoso, extraño o complicado que resulte-, sino que se desplegará nuestra mirada que anulará lo entrevisto, y otra forma del tiempo se nos desplegará nuestra mirada que anulará lo entrevisto, y otra forma del tiempo se nos brindará para siempre; no habrá pérdida, sino recuperación temporal, tal vez más de lo que supongamos. Al ver dentro de nosotros, con nuestro mismo mirar, entraremos al espacio

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