hoy voy a postear

Se me ocurrieron muchas cosas, pero no una solo coherente para postear así que, pues las imagenes hablan…

Junto con algunas de mis citas favoritas

“El principal objetivo de aquellas tertulias era el disfrute de los participantes, pues sabido es que lo que pretende el placer, en este caso el de la lectura, no puede surgir del aburrimiento. De tal forma que la primera condición para alcanzar la meta propuesta era buscar la propia satisfacción. Y en este sentido, he de afirmar que se consiguió sobradamente, hasta el extremo de que cuando concluyeron los encuentros, la sensación que cundió entre los asistentes fue la de un cierto vacío ¿Y ahora qué vamos a hacer?”

Ángel S. Harguindey

Memorias de sobremesa

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“Me apoyé en una pared desde donde los podía ver a través de las altas ventanas desnudas: los jóvenes batiéndose en la noche, el brazo de un bailarín, la gracia acercándose a la muerte, la gracia lanzándose al corazón; las imágenes del joven Freniere empuñando ahora hacia delante la hoja de plata, o siendo empujada por ella hasta el infierno. Alguien había llegado a la calle por los angostos escalones de madera; un chico, un chico tan joven que estaba colorado y encendido por la esgrima, bajo su elegante abrigo gris y su camisa de seda flotaba el dulce aroma de la colonia y las sales. Pude sentir su calor cuando Salió a la luz mortecina de la calle. Se reía conmigo mismo, hablando casi imperceptiblemente, con su pelo castaño cayéndosele sobre los ojos mientras caminaba, sacudiendo la cabeza, con los rizos que subían y bajaba. Y entonces se detuvo en seco, con sus ojos fijos en mí. Miró y sus párpados temblaron un poco y se río nerviosamente,

-Perdóneme –dijo a continuación en francés-. ¡Me asustó!

Entrevista con el vampiro

Anne Rice

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VII

DE CAMINO A VENECIA

Aquella noche soñé que me encontraba sobre el puente de piedra en Gerona. Parecía distinto, como ocurre en sueños con cosas que en la vida real nos son familiares: a cada lado se erguían unos pilares dorados muy altos, rematados con unas coronas de piedras preciosas que relucían en la luz del atardecer. Esta viendo cómo Vidal se alejaba de mí, y por la manera en que movía sus hombros, casi imperceptiblemente, sabía que estaba llorando. Le llamé por su nombre, y el sonido de mi voz creó un círculo de ondas sobre las aguas del río, en las que el reflejo de las piedras preciosas formaban diseños multicolores como los del tapiz de mi padre. Vidal no hacía caso de mi llamada, así que intenté correr tras él, pero mis sandalias parecían estar pegadas a los adoquines del puente y no podía moverme. De pronto apareció una nave muy hermosa, con velas de seda azul y una cabeza de dragón en la proa. Se iba acercando, deslizándose suavemente por el río, pero al llegar al puente se detuvo, porque sus mástiles topaban contra la baranda, golpeándola insistentemente. Vi entonces que no había nadie a bordo, que iba a la deriva, sin marinero alguno. Llamé de nuevo a Vidal: Vidal, amor querido, ¡súbete conmigo a este barco!, le dije. Si le quitamos los mástiles fácilmente pasará por debajo del puente y nos llevará hasta el mar; luego navegaremos a una tierra donde podremos vivir juntos y ser felices… En aquel momento Vidal volvió la cabeza,, pero ya no era Vidal, era Astruc, quién se acercaba sonriente a mí.

Me desperté sobresaltada y cuando miré a mi alrededor tardé unos instantes en recordar dónde estaba. El sol se filtraba por las rendijas de las contraventanas iluminando un ramillete de margaritas sobre una rinconera y las cintas blancas de la madona Dolca, ignorando las cavilaciones de Astruc, había atado con tanto esmero a las columnas estriadas de la cama nupcial. Estaba sola. A mi lado un hueco formado en el lecho indicaba que Astruc había dormido a mi lado sin meterse debajo de las sábanas. Sobre una silla estaba mi ropa para el viaje: enagua y jubón, saya gris, capa y un tocado blanco de casada. En el suelo, los zapatos y una bolsa en la que había puesto mi túnica roja y algunos enseres personales. Luego me dí cuenta de que todavía oía golpear el mástil que había formado parte de mi sueño. Venía de afuera. Salté de la cama y me acerqué a la ventana para ver qué era lo que producía aquel ruido. Con la cabeza apoyada en una de las contraventanas, abrí la otra un poco –lo suficiente para ver sin ser vista- y allí, en el patio, estaba Astruc, ayudando al herrero a herrar las caballerías…

..Nos despedimos en la casa para no llamar la atención de los vecinos con nuestra partida, y dimos las gracias al rabino Samuel y a su mujer por su hospitalidad. Luego comenzamos el viaje hacia Venecia, guiando nuestros caballos primero por el callejón de la sinagoga, pasando por una arcada oscura que daba a otra vía más ancha y bajando finalmente por esa vía empinada, que conducía directamente a la puerta oriental de la ciudad. Pocas personas vimos a esas horas, sólo unas cuantas mujeres con escobas y cubos de agua que aprovechaban el frescor de la mañana para rociar su pedazo de calle y ayudar a asentar el polvo. Cuando estuvimos fuera de Perpiñán y ya de camino hacia Carbona, montamos nuestros caballos, y yo eché la vista atrás algunas veces, hasta que la ciudad con sus murallas rojizas parecía tan pequeña como una cajita de alfileres. Pensé en mi madre, en su cabello desgrñado y canoso, y en la vieja tristeza de sus muertos…

Lucía Graves

La casa de la memoria

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Y finalmente estoy segura que ellos, también pueden

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