¿Amor y amistad?

Últimamente mi disposición de libre, gracias a los dioses ha aumentado considerablemente, así que, me he clavado con aquellos libros atrapados en mi casi interminable lista de espera. Recordaran el post del sábado acerca de mi aventura tras comprar libros. He de confesar, que me es imposible llegar a una librería y salir invicta de ahí. Si para aquellos que creían que el 100% de mi vida giraba en torno a la música electrónica, quisiera sacarlos de su error… bueno, no completamente, pues he de confesar que mucho tiene que ver el punchis, punchis, y específicamente una persona, pero hoy pese a ser un día “especial” si especialmente cursi y es irrespirable esa “ternura mercadotécnica” por todos lados, de hecho es el día es perfecto para que Venus & Friend’s hagan de las suyas… no pretendo hablar de esa historia.

Hoy en la madrugada, para variar no podía dormir, de noche, y ya pasa del medio día y no he podido pegar el ojo,

Precisamente hoy, me propongo ir a explorar la ciudad para buscar tomas interesantes del comportamiento humano… jajaja…

Hablando precisamente del origen humano, concretamente de los inicios de toda civilización, me atrevo asegurar, entre mis nuevos libros figura uno titulado: Dioses y héroes de la antigua Grecia de Robert Graves. Hartamente gracioso y para aquellos que les da hueva leer, “de adevis” esta es una bonita opción para practicar y de paso soltar alguna que otra carcajada.

Y en honor a Venus, por ser hoy su día, he aquí unos fragmentos.

Prólogo
Ramón Irigoyen

Mi experiencia, gravemente traumática, de la religión católica fue la razón determinante de mi tardío descubrimiento de los maravillosos mitos griegos. Por ejemplo, cuando cursaba filología clásica en la Universidad de Salamanca, allá por los años en que aparecieron los Beatles, y no precisamente por el Patio de Anaya de la facultad de filosofía y letras, y asistía a las clases de griego de los grandes helenistas Martín S. Ruispérez y Luís Gil, con la hostia consagrada todavía casi en la punta de la lengua, un libro tan prodigiosamente delicioso como Dioses y héroes de la antigua Grecia, de Robert Graves, que ya había publicado en Londres, si me lo hubiera encontrado entonces, me habría parecido un aborto del diablos.

Frente a la verdad cristiana revelada, cuyo cielo estaba gobernado serena y castamente por Dios Pare, y que iluminaba mi vida con las más divinas luces de los profetas del Antiguo Testamente y los salvíficos relatos de los evangelistas, el miserable Olimpo griego poblado promiscuamente por dioses y diosas, que copulaban como camellos, me parecía un repugnante prostíbulo sin pies ni cabeza. La religión me decía, después de la comunión, es algo profundamente serio y solemne, y estos dioses griegos degenerados no son más que tratantes de ganado.

Leo, estos días, por razones de trabajo, el prólogo de la excelente traducción de Vidas de filósofos de Diógenes Laercio, que, que, en el siglo XVIII, firmo el gran helenista José Ortiz y Saínz, quien declarara que ha disfrazado muchas palabras y expresiones menos decentes que Diógenes Laercio uso, como gentil que es, sin ninguna reserva. Y el traductor las anota, para que no dañen al lector, porque son opiniones ajenas a la sana moral. E incluso un hombre tan culto y fino como Ortiz y Sainz no puede librarse de la demente suficiencia que suele general la fe en el Dios de los católicos. Aquí aparece, con todos sus hierros y yerros, el católico español (que conste que así reza el libro ¿eh?) que es más bruto que un arado etrusco, incluso, insitos, en el caso de un hombre fino como Ortiz y Sainz: “Por lo demás, los lectores se reirán como ya al ver los caprichos, sandeces y necedades de Aristipo, Teodoro, Diógenes y demás cínicos; la metempsicosis pitagórica… el ateísmo de unos; el politeísmo de otros; y e un una palabra, cuantos disparates hacían y decían algunos filósofos de esto; pues la filosofía que no va sujeta a la revelación apenas dará paso sin tropiezo”.

Como se ve, a Ortiz y Sainz, le hacía gracia, por disparatada, la metempsicosis pitagórica, pero encontraba muy razonables –vamos, de lógica germánicamente cuadrada (reitero, neta así dice el libro)- la virginidad de María después del parto, la divinidad y resurrección de Jesucristo, su ascensión a los cielos.

En 1958 Luís Cernuda escribe “Historial de un libro. (La Realidad y el Deseo)”, su autobiografía poética resumida en treinta y siete prodigiosas páginas. Y allí queda claro por qué un libro como, por ejemplo, Dioses y héroes de la Antigua Grecia era imposible que fuera fruto de un cerebro español. Dice Cernuda: “No puedo menos que de deplorar que Grecia, con muy pocas excepciones, no ha rozado la cultura española porque aquí, levantes donde levantes una piedra, siempre te salta al ojo una puta iglesia románica.

Tampoco, cuando me fui a vivir a Atenas, a los veinticuatro años, tuve suerte con los mitos griegos. Allí, al borde la Acrópolis, quedó pulverizada instantáneamente mi fe católica e, inmediatamente, me puse a blasfemar, a razón de unas doscientas blasfemias por minuto, como un labrador de Tudela picado en un ojo por un tábano cisterciense. Hice mío el odio que el poeta latino Lucrecia sentía por todas las religiones del mundo e incluí a este odio mío, según la célebre expresión romana, más que púnico a la mismísima religión griega. Para colmo, y como debía ser, los griegos me interesaron de verdad fueron los contemporáneos, y los poetas Seferis, Cavafis y Ellitis desplazaron al Olimpo a Esaulio, Sófocles y Eurípides. De los dioses griegos, por muchos años, no quise saber nada. A mí, entonces, me interesaban sólo los poetas, los camareros, los quinqueros, los futbolistas, los taxistas; o sea, gente sin complicaciones celestiales.

Pero, cuando, con los años, ya vi que había cubierto, e incluso con creces, mi cupo de blasfemias toledanas, me acerqué por fin, ya sin resentimiento a Dioses y héroes de la antigua Grecia y devoré estas historias como lo que son : unos cuentos griegos maravillosos relatados por Robert Graves, un genial bardo de Wimbledon, que siempre gastó una prosa que está a la altura de su excelente y copiosa poesía.

Dioses y héroes de la antigua Grecia es el libro que debería ser de lectura aconsejada en todos los colegios occidentales. Es el único antídoto eficaz contra el mal de ojo de los crucifijos que todavía cuelgan en las aulas y en algunos hospitales públicos. En la historia de Occidente, sólo Ovidio, en La metamorfosis, ha narrado los mitos griegos con la gracia, rigor, frescura humor, dramatismo y desparpajo del exquisito Robert Graves…

Si, con esto no tuvieron suficiente, muy pronto pretendo mostrarles un poco +mas de lo MA-RA.-VI-LLO-SO que me parece el libro y se decidan a comprarlo, no sean tacaños…

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