Paraíso 25 vs. El infierno perdido

Esta es mi temporada al demonio el mundo y viva yo. En la qué me dedico a leer casi en cantidades industriales cosas a las que les traía ganas desde hacía un buen rato. O cualquier cosa que me instinto diga, este es el bueno. Lo cual deja una colección sui generis, desde el TV y Novelas a una novela escondida de Luís Spota.

Y hablando de precisamente de este tipo del cual me estoy convirtiendo en casi tan fan como de Anne Rice. Me encontré en la Biblioteca de mi escuela –que cada día detesto más y de la quisiera salir corriendo de una vez por todas y para siempre- con un libro llamado Paraíso 25. Que es una mezcla entre Casi el Paraíso, y una secuela de este. Me encanta como esta historia entretejida con el pasado, de hace 25 años, un hombre que llego hecho un príncipe –Ugo Conti-, en calidad de trofeo de una gringa, después de ser alabado y tratado como un Dios griego en su buena temporada, sale hecho un mendigo por la traición de un viejo compañero y maestro de andanzas.

Me encanta como siempre caemos presas de una pantalla, falsa o cierta, de nobleza, de un título, de algo que nos lleve a extrañas tierras, y de repente, como por acto de magia lo mejor de ella llegara a nuestra puerta y pidiera, con su sola presencia, con una mirada, permiso para tomarnos el pelo de una manera magistral y además de eso, hacernos la gracia de aceptarlo así.

Lo qué hacemos, por tener algo a que aferrarnos, algo que sintamos, lejano. Algo que el dinero pueda comprar, y montarlo todo el tiempo como un monumento andante y viviente, tener un amigo de la nobleza, es algo que gente como yo, y mucha más en todo el mundo quisiera.

No se bien, para qué, pero se siente re’te bonito que los Dioses inalcanzables bajen, nos toquen y nos pidan tributo directamente. Es algo que aprendí de no se dónde, ponte de tapete cuando alguien grande se te acerque, a veces tiene resultado y otras no.

Eso demuestra la baja autoestima que, como mortales tenemos. De repente que llegué alguien que en la edad media era descendiente directo de ese que llaman Cristo, revive en nuestros días como un noble sufrido que perdió dinero, fama y fortuna, pero no clase y porte regio – o al menos lo aparenta muy bien- por culpa de esa maldita revolución industrial.

Y gente que no se conforma con tenerlos frente a frente para adorarlos, naaa, sino que quieren ser como ellos. ¿Cómo? Emparentando con ellos, por dinero tener un título, como si eso comprara la dignidad que implicó en su momento tener un “ilustre apellido”. Finalmente todos los males de la humanidad y el infierno están llenos de ilustres apellidos, llenos de gente que con una cara de bondad, como si se tratara de una máscara oculta la verdad de su vida y de su alma, dónde la hipocresía, la deslealtad y sobre todo el mejor postor imperan. La codicia y la ambición, junto con el amor mueven este bonito mundo… ¿No es cierto? Finalmente somos seres que necesitamos creer, en lo que sea pero creer.

Esta temporada del año, es precisamente donde mis ideas se re ordenan, y los planes de mi vida toman o retoman su forma. Y hoy, quiero seguir leyendo y tomando café, porque como me relajan.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *