Hace una semana. Un once de marzo.

Bien, dije que habría una retahíla de quejas contra todos.

Todo comienza el viernes, cuando, nos juntamos para celebrar –con café y hartos dulces- el cumpleaños de mis dos mejores amigas, Angélica (cuyo cumpleaños es el 9 de marzo) y el de Sandra (11 de marzo). Después de una tarde de chicas, en Starbucks, vagabundeo por la ciudad de México en busca de comida China decente llegamos a Lindavista, el punto inicial de nuestras vidas, y un montón de cosas más.

Platicando de música, para variar, acabamos recordando esos viejos y maravillosos días de W FM. Lo cual significaba hablar de algo llamado choro rolita choro… y, Angie dijó que en cartel en CU, vio un cártel de (redoble de tambores) LOS músicos de José. Habrá que hacer una explicación. Elías, una de las cabezas, era Elías Herrara Zacarías la otra era “El Canito”. Pues bien, Elías, tenía una banda de Jazz en la que se rumoraba que tocaba el saxofón llamada los músicos de José. Así que no había más. Definitivamente teníamos que verlos, especialmente porque en mi cumpleaños anterior a la mayoría de edad, íbamos a ver precisamente, a los músicos de José. Había que romper con ese horrible recuerdo en qué nos quedamos en casa a celebrar entre papas fritas y TV.

Ya estaba decidido. Pero las cosas, obviamente, por obra y gracia del dedo divino, no salieron como esperábamos. Fue todo un reto conseguir permiso y aún así solo fue hasta las once de la noche, lo cual significaba según yo, perfecto tiempo para al menos ver la mitad de lo que yo esperaba ver. Craso error.

Llegando al lugar, en el que teníamos que vernos, se mostró la primera señal en mi contra, de ese, al que denomino, el dedo divino. Sandra me marcó para decirme que todavía está en su casa, y que mejor las esperara en Doctor Gálvez y además, de ahí todavía habría que ir a recoger a los representantes de la comunidad europea que iban a acompañarnos.

A los diez minutos de mi arribo a este segundo sitio, donde se suponía que íbamos a vernos, sonó mi teléfono.

– Güey, mejor adelántate, es cerca del metro San Antonio, en el centro Cultural la pirámide
-Ahh, ¿y cómo llegó? Al menos a Barranca del Muerto.
-No sé, pregunta
-…. OK, está bien, pero antes. Chinga tu madre.

Colgué el teléfono, con ganas de matarla, especialmente por qué tendría que llegar a un lugar completamente desconocido para mí, con información sacada, segura de quién sabe quién, y sobre todo. De noche, con minifalda y escote.

En fin, preguntando al primer señor autoridad que se me atravesó llegué a unas cuadras del metro Barranca del Muerto, de ahí a caminar, por una calle lo suficientemente sola como para que me diera miedo, y cuando digo sola, es que el eco de un grillo se escuchaba como un si estuviera frente a un amplificador. No paraba de maldecir y de mentar madres, para mis adentros. Ni un taxi, o cosa que se le pareciera a la redonda.

Al llegar al hospital 20 de Noviembre del ISSSTE, me sentí un poco más en terreno conocido. Pero aún faltaba, llegar a la entrada del metro, dónde una jauría de nacos demostró su naques. Descendí hasta las entrañas del mismo infierno –lo digo por el calor y por la cantidad de adrenalina en mi cuerpo- , mentado madres, e invocando a mi ente malvado favorito, para que no se le fuera a ocurrir abandonarme en tales lugares. Al menos quería su compañía.

Al llegar a San Antonio, la única seña que tenía del lugar era el nombre. Así que le llamé a Sandra para que al menos me diera la dirección y así preguntarle a alguien. Pero ni eso supo decirme además de que los representantes de la comunidad europea que se suponía iban a acompañarnos, la estaban abrazando, porque oficialmente era su cumpleaños.

Más enojada que antes, y con ganas de arrojar la toalla. Me dirigí a una gasolinera para preguntar por última vez, ya quería largarme a casa, pero el gusanito de ver a los músicos de José me dio una última oportunidad para continuar. Un empleado me dijo que estaba derecho, casi llegando a Periférico. Lo único que entendí fue “siga derecho”.

Cuando ya estaba cansada, y decidí tomar un pecerdo, ya había llegado, pero, por supuesto yo no lo sabía. Y al subir, por primera vez, el microbucero se porto decente y me dijo dónde era. Agradecida con mi demonio de la guarda, compré mi boleto y me senté a una de las mesas que denominé el lounge.

10:00 PM

Ni mis amigas, ni sus amigos habían llegado, estratégicamente sonó mi celular. Era mi amiga, diciendo que aún estaban en la buhardilla de los europeos. Ya no estaba echando chispas, porque con cerveza en mano y estaba disfrutando de lo que me gusta, o sea música. Pero aún así, un saludo a su madre no se hizo esperar. Me quedaba una hora, una hora, y los músicos de José, no aparecían.
De repente, alguien puso Autoband de Vatos Locos, en un remix que, por cierto, no tengo. De nueva cuenta los recuerdos, aquellas tardes en las que era imposible alejarme de la radio. Cuando mi abuela se ponía frenética de que no probara su comida por escuchar choro rolita choro, pues esta bonita melodía de la que les habló era algo así como un himno. Bien, después del flashback, regresando a mi realidad, noté que me quedaba media hora, y justo entonces volvió a sonar mi móvil, “estamos en la casa” ¡¡¡Qué!!!

-“Me importa un rábano con quién se hayan peleado o qué esté pasando quiero sus malditos traseros aquí”
-Todavía llegan, ni siquiera han descubierto los instrumentos.
-Esta bien vamos para allá.

Preludio de un concierto arruinado, la maldición del cumpleaños, había vuelto.

Arruinado, al menos para mí. Me dirigí al anfiteatro, había una luna resplandeciente y el lugar no podía gustarme más. Vi por ahí a Elías, pero, mi mala vibra y la conciencia que aún me queda me dijo que no me le acercara. Mero instinto, pero ese es el único que no se equivoca. Las 11, mi papá me marcó y me mentó la madre como es su costumbre para que ya me largara. “Al menos una canción” y solo eso vi y escuché antes de emprender el camino de regreso, con lágrimas en los ojos. Otra vez, definitivamente, un complo’ en mi contra que le resultó al dedo divino. Ya en el metro, soñaba con el día en que estas cosas dejarán de pasar.

Al día siguiente, de regreso en casa, oficialmente. Me llamó Sandra para decirme la maravillosa noche que pasaron. Una noche de reencuentros con el pasado que yo sigo extrañando. Una noche más a mi lista de las que nunca fue. Y ahora, aquí estoy quejándome y planeando mi venganza.

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