El curso

La semana pasada, el martes, después de dos años de evadir uno de mis temores más grandes, finalmente llegó la hora, el curso de dibujo que había pagado desde Diciembre. Por lo menos desde hace dos años, le he tenido verdadero terror a los lápices, pinceles, lienzos, papeles de diferentes tipos, y sus parientes, cualquier cosa que tenga que ver con plasmar con estas manitas una imagen, ME ATERRA.

Nada tiene que ver, mi amplia experiencia en psiquiatras o psicólogos, simplemente es, que la imagen que tengo en la cabeza, nunca coincide con la que quiero tener un bonito papel de 30 por 40 centímetros.

Si, si soy una nena y qué.

Finalmente –y por que ya no me queda de otra- después de largos intentos fallidos de pasar el maldito extraordinario de Dibujo, me inscribí en un curso en la casa del lago, en la mañana para acabarla de joder, o lo que es lo mismo, cuando mis neuronas no están en su mejor momento.

Con todos mis terrores, y además con la desventaja de exponerme a la luz solar, llegué tarde a mi clase, y yo esperando al clásico guey casi, casi, con látigo en mano, que me obligaría a entender la teoría del color y demás, me encontré con un tipo de lo más alivianado, eso si, que quiere que cruce la ciudad en tiempo récord y a hora pico para llegar temprano a su clase.

Sacó cosas de mi, que definitivamente yo creí perdidas en algún rincón inaccesible y mis primeros dibujos desde del kínder gangster, no quedaron taaan mal como yo esperaba, es más, hasta me gustan.

Una de las cosas que mas me gusto de su primera clase fue: “Igual y está muy desrayado pero siéntanse artistas” Y la que más me movió el intestino: “El dibujo es como la música, tiene su ritmo” Con esas dos me tiene conquistada, y si no fuera, por la incomodidad que significa

a) salir de madrugada para llegar a las 10 a mi curso todos los martes
b) cargar con un más cosas en mi mercado personal
c) lidiar con el transporte público en horas pico.

Me encanta, simplemente me encanta, y como la casa del lago esta estratégicamente ubicada en una de mis zonas favoritas, o sea entre museos y plantitas, amenazo con ver, cuanta exposición temporal y permanente se me atraviese, caminar largas horas entre el bosque de chapultepec y saludar a las ardillas y a las plantas, y a los montones de propios y ajenos que por alguna razón que no alcanzo a comprender, caminan por los alrededores del bosque de Chapultepec en martes a las 12: 00 del día.

Es en este tipo de situaciones en los que, como diría Sandy, siento que desperdicio mi vida durmiendo, aunque el cuerpo lo exija. Hay tantas cosas que ver, que sentir, y yo, aquí lloriqueando por cosas que no están a mi alcance, y de las que si puedo echar mano, me hago pendeja.

Y cómo sea del Destino, ni los Dioses se libran, y yo menos como mísera mortal. El punto es, que estoy en un curso al que le tengo aún mucho miedo. Tal vez sea, porque tengo ángeles que no enfrentando con los demonios de mis reglas, y que de alguna manera hay que exorcizarlos para que dejen de estar molestando y me dejen vivir como lo que soy: Una hija de la chingada.

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