La ñoñez

Nuevamente, contra todas mis costumbres, estoy escribiendo de día, pues parece ser que anoche abuse del café con Bailey’s, en fin, en teoría debería estar haciendo mi tarea, pero no tengo la menor gana de hacerlo, al menos hoy.

El curso de dibujo pare ser que reafirma mis miedos respecto a eso de hacer imágenes con mis lindas manitas. En teoría, enfrentar el miedo, no es algo que se me he esté dando en estos días, es más, nunca lo he hecho bien. Pero ni hablar así es esto del rock & roll. Aunque el paisaje que para mi es extraño ver: la ciudad de México por las mañanas, el bosque tranquilo en medio del ajetreo, y el lago, me tranquilizan, obvio no tanto como una noche de club, pero lo hace.

Tres cuartas partes, del cuarteto de la muerte –o sea Angie, Sandy y su servilleta- han estado aprovechando el exceso de tiempo libre cultivando aún más la ñoñez. El martes, después de salir de mi…. No sé cómo etiquetarlo, además de curso, aunque si, ese día fue una tortura. Al grano, porque siempre encuentro una tangente por la cual salirme: Fuimos al museo de Antropología, Sandy amenazó con llegar tarde.

Así que Angie y yo, nos encaminamos a desayunar en la cafería del museo. Después de un buen rato de chisme, postres, y comida mexicana para extranjeros, o lo que es lo mismo sin chile, hartas de estar en el gabinete del terror, nos fuimos a dar otra vuelta por la explanada y ver la bonita fuente, además de la gente que pululaba por ahí. Acabamos frente al espejo de agua. Angie traía las llaves de donde fuimos a depositar mi mercado en dónde no estorbara, yo ya había estado molestando a los pececillos muertos de hambre y a punto de ser convertidos en caldo pues algún hijo del mal olvido que los peces necesitan agua para vivir, de hecho, las carpas tenían que estar de lado para que las cubriera el agua.

En una de esas, recordando que habíamos olvidado ponernos bloqueador solar, a Angie, se le cayeron las llaves al estanque, casi tan puerco como mi conciencia, y después del obvio ataque de risa, y algunas mentadas de madre, me obligo a meter mi mano y sacar la llave.

Para cuando llego Sandra, eso ya parecía su casa de la risa de confianza. Después dimos una visita de doctor por el museo de arte moderno, y de ahí me despedí por que el hoyo al que llamo escuela ya me reclamaba.

Si, ya sé, nada interesante, pero detrás de las enfermas clubbers, hay una ñoñez, impresionante.


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