Cita

Volviendo al maravilloso mundo de mis traumas, dónde seguramente el señor Freüd sería feliz haciendo un chingo de tesis y postulados acerca de su servilleta. Nótese el egocentrismo.
Sigo leyendo las Confesiones Juan Jacobo Rosseau, y cómo parece ser que el señor, guardadndo la justa medida, de repente se le ocurrían cosas semejantes a las que se le ocurren a su bloggera, nada húmilde de confianza. Y esto viene al caso, por las palabras que voy a plagiar a continuación, de este hombre que lleva más años muerto que yo viva:
“En el verano de 1749 hizo un calor excesivo. De París a Vincennes hay dos leguas, yo, que no me hallaba en estado de pagar coches, me iba a pie a las dos de la tarde cuando me hallaba solo, y andaba a prisa con objeto de llegar más pronto. Los árboles del camino apenas daban sombra, y a menudo, rendido de calor y de fatiga, me dejaba caer en la tierra no pudiendo más. Para moderar mi paso, me llevaba siempre algún libro. Un día tomé el Mercurio de Francia y andando encontré este tema propuesto por la Academia de Dijon para el premio del siguiente año: “El progreso de las ciencias y de las artes ¿ha contribuido a corromper o a purificar las costumbres?”
Así que hube leído esto se abrieron a mis ojos nuevos horizontes y me volví otro hombre. Aún tengo vivo recuerdo de la impresión que me causó se me han olvidado los pormenores después que los inserté en una de las cuatro cartas dirigidas al señor de Malesherbes; es una de las singularidades de mi memoria digna de notarse. Me sirve la memora mientras de ella me fío, pero desde el momento en que confío el recuerdo al papel me abandona, y cuando escribo una cosa no la recuerdo ya más. Esto me sucede también con la música. Antes de de aprenderla, sabía de memoria innumerables canciones, más tan luego como supe cantar con el papel delante, no he podido retener ninguna; y dudo mucho que pudiese recitar una completa aun más me han gustado.
Lo que recuerdo muy claramente en el caso presente parecía un delirio. Diderot lo notó: le expliqué la causa y leí la Prosopopeya de Frabricio, escrita con lápiz debajo de una encina. Me exhortó a dar libre vuelo a mis ideas y concurrir al certamen. Así lo hice y desde ese momento me perdí. Todo el resto de mi vida y de mis desdichas fue el inevitable efecto de ese momento de extravío.
Mis sentimientos se acomodaron con una rapidez inconcebible al tono de mis ideas. El entusiasmo por la verdad, la libertad y la virtud ahogó todos mis pequeñas pasiones; y lo más sorprendente es que esta efervescencia subsistió en mi corazón durante más de cuatro o cinco años, llegando a tan alto grado como jamás haya existido en otro corazón humano.
Escribí este discurdo de modo muy singular, que casi siempre he seguido en todas mis demás obras. Le consagraba los insmonios de mis noches. Meditaba en el lecho con los ojos cerrados, y volvía y revolvía los períosos en mi mente con inexplicable dificultad; luego cuando quedaba satisfecho de ellos, los conservaba en mi memoria hasta que pudise trasladarlo al papel; pero al poco tiempo de levantarme y vestirme, todo se me olvidaba y, aún cuando me había colocado frente al papel, no recordaba nada de lo que había compuesto.
Ocurrióseme tomar por secretario a la señora Le Vasseur. La había alojado con su marido y su hija más cerca de mí, y venía a mi casa todas las mañanas, para ahorrarme un criado, a encender la lumbre y hacerme la comida. A su llegada, desde la cama le dictaba el trabajo de la noche y este sístema, que seguido durante mucho tiempo, me ha evitado muchos descuidos.
Cuando estuvo concluído el discruso, se lo mostré a Diderot, a quién le agradó indicándome algunas correcciones. Sin embargo, esta obra llena de calor y de energía, carece absolutamente de método y de orden; de cuántas han salido de mi pluma es la más débil de raciocinio, y la más pore en cuánto a número y armoníaa pues, aunque nazca yuno con el talento, el art de escribir, no se aprende repentinamente.”
Esto viene al caso por que, no es precisamente que me sienta artísta, ni mucho menos, pero tocó una de las muchas fibras sensibles de mi alma, pues, releyendo, este, su blog de confianza, reencontrando gente, muy, muy importante y querida para mí, que ha dicho que es fan de este experimiento en el que escribo, es bueno, me doy cuenta que hay cosas en mi manera de escribir, que han mejorado mucho en casi tres años.
De la nenita fresa que era, a la mujer fresa, medio culera y bastante majadrea. Pero más honesta, más sárcastiva y un poco menos pérdida en esta cosa rara que llaman vida. Confiada plenamente en el Destino y en los Dioses del Olimpo, que algo traman, y parece intresante.
Hay quién dice que tengo talento, el pedo es que me la creo.
¡Mi ego es tan grande que no puedo evitarlo!
Pero, autojuzgandome, aún me falta un chingo y varios montones. Mis frustraciones no me permiten dedicarme a una sola cosa. El sueño del poder de hacer sentir, lo que a mi me de la gana, a más de uno, sin la bendita-maldita barrera del ídioma, puede más que la rutina, que me asfixia, me mata después de dos seanas: máximo.
Soy inconstante, cuando algo no me parece, nome gusta, o me tortura más de la cuenta, lo dejo, aunque sea parte de mis obligaciones.
Señor Rosseau, en dónde quiera que ande, le agradezco. Pues ha hecho mucho más que todos los psiquiatras y psicologos en la colección de mi vida.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *