El cafecito

Bien sabrán ustedes, que soy una cafeinomana confesa. No puede pasar un día desde 1999 que de menos no me eche una taza. Esta semana, además de estar inmersa en mis labores de futura dominación mundial, me tocó ir, junto con mi nana (osea la Sandrita) ir a hacer cita con el SAT. Como diría mi jefe, “para pertenecer a las filas del abuso oficial gubernamental”, o lo que es lo mismo, para que comiencen a quitarme impuestos.

Angie, nos dijo que se podía tramitar el RFC (Registro Federal de Causantes) sin cita, pero como es una beba, la cago, y me lleve mi acta de pre-defunción, mis calificaciones de kinder, y otras cosas en balde.

La siguiente escala fue pasar a tragar al barrio chino, y de ahí a un café. Hace cuando menos tres meses que no iba a chismear por el mero gusto de hacerlo con la Sandrita, ya hacía falta. Uno de esos cafés viejitos del centro, sirvió de escenario para hablar de pura pendejada, recordar grandes momentos de estupidez, otros más de glamour, en fin, parecíamos un par de ancianas hablando de sus memorias.

Ya me hacía falta algo así, la neta.

De ese café, cuya ubicación solo conoce aquella, me volví asquerosamente fan, de entrada las mesas tienen un vidrio que cubre cuatro variedades de café, las maquinas, un chingo de variedades del grano precioso del cual soy adicta. Ahhh na’mas me acuerdo y se me antoja.

Tarde de viejas por el centro, si, definitivamente así debería llamarse este post, pero ya le pusé El cafecito, y me da hueva cambiarselo.

Me encanta la expresión de la señora, neta.

Tarde de viejas la de antier, una de esas que ya hacía falta.

Aunque tuvo sus pequeños inconvenientes como este nefasto panorama.

No es que me espante, pero, este, como que no me gusta mucho la idea, ya no es como que muy original que digamos.

Un pensamiento en “El cafecito”

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