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Ares

He de confesar, queridos y bienamados lectores, que la verdad, (pero no se lo digan a nadie) tengo corazón de pollo.  Desde la muerte de Jazmín, es decir el primer y más grande amor en mi vida, en Mayo de 2010, la vida decidió que era buen momento para probar si cierto que muy chida.

La neta, es que mis días en este planeta, sin un gato son miserables.  Hay quién necesita rezar por las noches, hay quién tiene un amuleto de la suerte, pero para que las cosas esten en orden, yo, necesito un felino que observe mis pasos de vez en cuando.

Este remedo de gato , digo remedo, porque aún no tiene el instinto felino desarrollado. Llegó a mi el 15 de Septiembre. En poco más de 10 años, no había tenido a mi cuidado a un ser tan frágil, hermoso y gritón. De hecho, realmente no me gustan los gatos, prefiero a las gatas por ser más leales.

Pero este pequeño, hijo de Yoda, decidió elegirme como su mamá postiza.  El tiempo dirá  si cometimos un error  o no, en aceptarnos el uno al otro.  Llevó casi 2 años viviendo “sola”. Digamos que él, formalmente ha puesto con sus patitas de bebé gato, la primera piedra de mi auténtico hogar fuera de la casa dónde mi abuela, me echó a perder durante toda mi infancia y adolescencia.

Los ciclos de mi paso por este planeta, aún me parecen inentendibles además de acelerados. Pero, gracias a este monstrito, mi corazón de grinch siente que las cosas al fin están bien.

Además, ¿Me van a decir que no está bonito? Ahora que ya pareces gato: Ares, bienvenido a mi familia