La hora del plagio

A reserva de seguir publicando mis tristezas, que seguramente a usted, amable lector, lo matan de flojera, y cómo no tengo nada de qué hablar, es momento de sacar del arcón de “salvenme carnales del Olimpo” esta sección. Ignoro si les guste o no, porque no opinan lectores, así que se chingan y se me ponen a leer:

“Cuando los clientes entraron a la casa, el chofer evocó los incidentes de que había sido testigo involuntario en el sonado caso criminal, merced al cual había tenido transitoria notoriedad esta calle, cerrada por ambos extremos. El solo renombre de los protagonistas; ella, una de las actrices de cine más bonitas y con mayor publicidad: él uno de los locutores de radio más populares, habría bastado para que la prensa durante un mes dedicara páginas enteras al asunto, que se hizo apasionante por el cúmulo de circunstancias misteriosas en que se desarrolló y que finalmente no fueron esclarecidas: ¿quién mató a la artista?, las cosas se hallaron dispuestas para explicar su suicidio con la propia pistola que había dado muerte al galán; pronto se descubrió que correspondía a distinto calibre la bala que, penetrando por la sien de la hermosa mujer, había puesto fin a su vida, y que la trayectoria no correspondía a la postura normal en que hubiera podido dispararse contra ella misma; se habló de un tercer personaje de muy alta posición, cuya identidad nunca fue revelada; el escándalo fue apagado lentamente y las pistas quedaron abandonadas.

El chofer, esa noche, a pocos pasos de aquí, esperaba como ahora la salida de unos clientes, cuando escuchó los disparos; puertas y ventanas se llenaron de vecinos curiosos; las personas a las que servía de chofer, salieron y formularon hipótesis; conocían a la actriz que habitaba la casa en donde sonaron las descargas; pronto llegaron la policía y las ambulancias de las cruces; fue forzada la puerta; los clientes, a título de amigos de la posible víctima lograron entrar y pidieron al chofer que los acompañara por si fueran útiles sus servicios; pudo así ver el cuadro antes de que las intervenciones oficiales lo alteraran; sacudían aún al hombre las convulsiones; estaba tendido en la puerta de la recámara, en dirección al emboque de la escalera, en la actitud de huir; bien muerta, la mujer había caído a los pies de la cama.

Pronto aquello fue una casa de locos, que la policía se empeñaba en contener, con dificultades; el chofer vio que comenzaba la rapiña, y temeroso de que al saberse su situación de vigilante en el momento de las detonaciones se viera inmiscuido en los interrogatorios, procuró salir lo antes posible, no sin advertir ciertas rarezas, mantenidas después en secreto absoluto.

-Lo que más me gusta es la tranquilidad de la callecita,

-Y el nombre de Venecia, que tiene tanta dulzura

-Y para nosotros, tantos recuerdos deliciosos

-Ah, su luna de miel, papaítos picarones

-Moderación pequeña.

-Decididamente me gusta. Es pequeña, pero no carece de elegancia: el comedor con emplomados antiguos, buenos los pisos y la iluminación. Y hasta el precio, ¿no estará equivocado?

Agustín Yáñez
Ojerosa y pintada

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.