Rembember who you are….

La música electrónica es para muchos una aspiración en la vida, que da mucho miedo. Se dicen muchas cosas, algunas muy ciertas y la mayoría te las va a decir tu mamá…

«Te vas a morir de hambre»

«Es muy peligroso»

«Eso no es un trabajo de verdad»

Y mi favorita de toda la vida «Ese no es lugar para mujeres». Frase a la que le agregué, hasta que lo haces TÚ lugar siendo mujer en una industria de puro tornillo que es todo menos sencilla. Pero ¿Por qué aguantar? En mi caso es bien, simple, claro siempre y cuando te hayas trepado a un escenario.

Ese pequeño instante, dónde te golpea la energía de la gente, siendo feliz con su Dj, absolutamente todo el esfuerzo para llenar un evento, las noches de desvelo, el que nadie entienda que demonios estás haciendo y hacía dónde vas… hace que todo valga la pena.

Pero, la mejor parte NUNCA, es esa, si no cuando la botella que aventaste al mar con un mensaje, que ojalá haya sido escrito desde el alma, un día regresa a ti en forma de alguien que va a llegando a la industria. Y te recuerda cuando tu llegaste cómo fan, y alguien te abrió todas las puertas de par en par, claro, después de que sin te dieras cuenta te estaba llevando de la manita para ese camino.

Quién diría que de esta foto de 2003, como fan, mi realidad iba a cambiar para siempre. A lo largo de los años, ya no existe diferencia entre la historia de la música electrónica en México, y la mía, por un detalle, yo estaba ahí cuando estaba ocurriendo, gracias a una promesa hecha ese día, y que se cumplió cabalmente: «Vas a estar en todos mis eventos». Y si, estuve en casi todos, solo falte al último, para el que me dejaron boletos VIP, pero no pude ir por estar de Workaholic en otro evento de otra industria.

Por supuesto, que cuando finalmente nos vimos un mes después, tras un año de no hablar por qué justo, dejé su oficina, para aprender cosas de otra industria totalmente diferente a la base, me mentaron mi madre, y con justa razón. Independientemente del precio de esos boletos, había cosas muy personales que hablar y poner en claro. Y yo sé que esos boletos eran una ofrenda de paz, y un «te extraño» Como amigos, malpensados hijos de la guayaba, que los conozco.

Que si pasó, pero no con Paul van Dyk de fondo, si no de la voz de Maxi Jazz a unos metros de distancia, y en una fila de 3 horas por qué el show se retraso por una entrevista… de Alejandro Franco cuando tenía Sesiones en Telehit. Por cierto, gracias Franco, gracias a ti, yo arreglé más que a tiempo todos mis pendientes con el de la foto, el Benjas.

Y a partir de ahí, mi historia, y también las tendencias en la música electrónica en México y la forma de comunicar las cosas, cambió. No sé si para bien o para mal, simplemente se volvió diferente. Pero de mi parte, aunque hagan berrinche siempre mantuvo corazón. Uno que me impide aplaudirle a la raza que no ponga el alma realmente en lo qué hace, que no se preocupe de llegar a un estándar internacional de calidad, y que le mame querer aplauso por el aplauso, sin entrar en si mismo y buscar el verdadero por qué quiere y hace las cosas. Hay cosas que el dinero no compra, y ese es el amor de la banda, ese se gana todos los días.

Y lo he visto, a través de medios como Dj Mag México, EMPO, +Mas Nescafé que fue mi segundo gran amor en la vida, y las fan bases de los mejores Dj’s del mundo, y no es exageración. Cuando hay alma, cuando hay amor, es imposible que no te enganches y acabes siguiendo al Dj/productor que acabas de descubrir en una rola a través de Spotify, en un festival, o en un antro perdido en medio de la nada. Llevo 10 años también viendolo desde Be Tronic, y si, de misma, por contar mi historia que es todo menos común. Una historia que tiene soundtrack electrónico desde su raíz.

Pero todo esto, habría sido totalmente imposible, si no me hubiera tirado al drama en 2004, si no hubiera tenido la peor crisis existencial después de ver derechito y a los ojos -literalmente- la posibilidad de hacer lo que me diera la gana, porqué la muerte paso a saludar, en forma de neuritis óptica bilateral, un paro cardiaco y un chingo de condiciones médicas derivadas del chistecito de perder la vista, ergo, la independencia fisica, sin contar la imposibilidad de hacer lo que mejor me sale: escribir pendejadas.

Hace unos días, regresé al café dónde me la pasaba escribiendo e investigando qué demonios era música electrónica, en Lindavista, a una cuadra de la Prepa 9 de la UNAM para desde aquí, encontrar a otros segregados y señalados, como yo, y tener con qué hablar de ella, y si claro, también de la nerdez, por qué una no puede negar de su parroquia. Y encontré, básicamente, que el sueño de pertenencia de la adolescente de la foto que vieron hace unos párrafos, se hizo realidad… primero aceptando quién demonios era frente al espejo con todas las heridas que casi la matan en esa época. Con un helado, cómo en el pasado, le dije a la distancia que si se pudo antes de regresar a la oficina a seguir trabajando.

La línea entre la historia de la música electrónica y la mía, ya no existe, se perdió creo que después del primer backstage como profesional, ya no puedo hablar como fan normal, bueno, creo que nunca lo hice de verdad. Se entrelazaron y ya no hay forma de separarlas realmente.

18 años después, escribo esto desde un rascacielos en Reforma, tal cual lo soñé en 2004, nah, es mejor de lo que soñé… la neta. Por qué en su momento lo pude compartir con la gente más importante de mi vida.

Aunque todavía tengo una deuda, ya no voy a poder ver a Paul van Dyk con esos boletos VIP que nunca se recogieron… y ya no los puedo usar, pero tal vez, los que siguen en la lista, si los puedan disfrutar, no la lista de invitados, si no de la vida, en la que le le enseñas a la banda, que si, los sueños se hacen realidad, si se paga el precio por ello.

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